Una epidemia
de dolor
La creciente demanda por cortes especializados amenaza más que nunca las manos de los trabajadores
PETER ST. ONGE, FRANCO ORDOÑEZ, KERRY HALL Y AMES ALEXANDER
The Charlotte Observer
jsimmons@charlotteobserver.com
Karina Zorita dice que después de menos de uno año deshuesando piernas y pechugas de pollos en House of Raeford, no podía desdoblar sus dedos ni agarrar una cuchara o un vaso.
Esta serie en español
La traducción al español y redacción de la serie “Los cortes más crueles” fue hecha por los reporteros Rosario Machicao y Aníbal Calderón, el editor Diego Barahona y la directora Hilda Gurdián del periódico en español
La Noticia. Versiones imprentas en español están disponibles en la edición de La Noticia con fecha de 13 de febrero.
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El dolor volvería, ella lo sabía. Tan seguro como vendrían los pavos por la línea, como 30 cada minuto, listos para ser cortados, deshuesados y rebanados.
Karina Zorita sabía ésto, hace casi cuatro años, cuando consideró buscar empleo en House of Raeford Farms, la planta avícola a lo largo de la carretera cerca de su hogar, en la zona rural en el este de Carolina del Norte.
Es peligroso, le advirtieron sus amigos. Demasiado doloroso.
Tus manos.
Ella sabía ésto. Pero realmente no lo sabía.
No podía saber que en las plantas avícolas en todo Estados Unidos, los trabajadores arriesgan sus manos y muñecas, simplemente por ir al trabajo cada día. Ella no podía saber que las lesiones frecuentemente provienen de hacer el trabajo como le enseñaron, que los médicos dicen que miles de movimientos que incluyen jalar, cortar y arrancar, requeridos diariamente en las avícolas pueden causar lesiones irreversibles.
Como los pulmones negros en la industria del carbón y los pulmones marrones en la de los textiles, las manos de la industria avícola sufren una amenaza a largo plazo. Hace dos décadas, los desordenes musculoescleróticos en las avícolas y plantas empacadoras de carne generaron una protesta pública. Legisladores y oficiales del gobierno prometieron un cambio.
Ahora, una investigación del Observer revela que las manos de los trabajadores de las avícolas están más que nunca en peligro.
La creciente demanda en Estados Unidos por cortes especializados presenta una pesadilla ergonómica para los trabajadores. En las plantas, las inspecciones de regulación han disminuido. En la línea, la fuerza laboral se ha vuelto predominantemente latina, frecuentemente indocumentada, con mayor probabilidad de ser explotados.
Reporteros del Charlotte Observer hablaron con más de 130 trabajadores lesionados en el trabajo en 13 avícolas, en las Carolinas y Georgia. Cerca de tres cuartos de las quejas son de lesiones en las manos y las muñecas.
“Una epidemia”, dice Lance Compa, un instructor de la universidad Cornell y autor de “Human Rights Watch”, quien en el 2004 entrevistó a cientos de empleados en las avícolas de Estados Unidos y no recuerda ninguno que no sufriera un dolor relacionado al trabajo. Muchos, dice él, sufrían dolores en las manos y las muñecas.
“Inhumano”, dice Steve Striffler, un antropólogo de la Universidad de Arkansas y autor, quien en esta década, pasó dos períodos de tres meses cada uno, trabajando en las avícolas de Tyson y recuerda: “Cualquiera que vi que trabajó en cualquier lugar de la línea por seis meses, definitivamente tenía una mano o muñeca lesionada”. La mayoría de sus compañeros de trabajo eran latinos.
“En cuanto estrechan su mano sé lo que hacen”, dice Pablo Forestier, médico de Latin American Family Medical Clinic en Monroe, donde muy frecuentemente ve trabajadores de la planta Tyson. Muchos, dice él, empiezan a sufrir a tan sólo dos meses de agarrar, cortar y exprimir.
Pocos, sin embargo, se quejan en el trabajo por miedo a perder su empleo.
El vocero de Tyson, Gary Mickelson, dijo que la compañía requiere que todos los empleados reporten cada lesión o enfermedad relacionada al trabajo, sin importar cuán pequeña sea, permitiendo a la compañía “reducir dramáticamente cualquier severidad potencial”.
Los representantes de la industria dicen que el trabajo en avícolas es ahora una ocupación más segura, con más herramientas y estaciones de trabajo diseñadas ergonomicamente – y más máquinas reemplazando a personas para realizar tareas como destripar aves.
“La seguridad en el lugar de trabajo es un objetivo primordial y un valor principal de todas las compañías procesadoras de aves de corral”, dijo Richard Lobb, vocero de National Chicken Council, señalando a encuestas del Departamento de Trabajo de Estados Unidos que muestran un descenso progresivo en las lesiones reportadas en trabajo en avícolas desde 2000.
Los críticos dicen que estos números son engañosos, que las compañías ignoran y no reportan las quejas de las lesiones que sufren los trabajadores de las avícolas.
Karina Zorita no conocía ninguna de estas estadísticas. Ella era una inmigrante indocumentada. Madre soltera de 28 años, cuyos dos hijos menores se quedaron en Chilpancingo, México.
Ella tomó el trabajo en House of Raeford como “Epenisa”, el nombre de su tarjeta de identificación falsa, que compró después que llegó a Raeford.
Ella dijo que ganaba alrededor de $6.50 la hora, pesando pechugas de pavo.
Después de más de un año, fue trasladada a una parte diferente en la línea, donde sacaba los huesos del pavo cocinado con sus dedos.
El dolor empezó. Ella sabía que vendría.
Pero no sabía cuán devastador iba a ser.
Producto revolucionario
La carne de mayor venta en Estados Unidos viene en docenas de cortes y cientos de formas diferentes de ser procesada, como “hot dogs” de pavo y hamburguesas de pollo. Es una variedad nacida de la necesidad, pues históricos bajos márgenes de utilidad, han forzado a los productores de aves de corral a desarrollar nuevos productos en su búsqueda por mayores ingresos.
Esa estrategia fue acelerada hace un cuarto de siglo con la aparición del producto de pollo más revolucionario.
El “McNugget”.
En 1983, McDonald’s introdujo al mercado nacional las piezas de pollo del tamaño de un bocado, preferidas por los niños, fáciles de comer en el auto y presumiblemente una saludable alternativa a las hamburguesas (los consumidores no sabían que eran fritas en grasa de res). En dos años, McDonald’s se transformó en el segundo más grande vendedor de pollo, después de Kentucky Fried Chicken.
El lanzamiento encendió la demanda del consumidor por diversidad en productos avícolas, una tendencia que continúa hoy en día.
Esta no ha sido una buena noticia para las manos de trabajadores avícolas.
Cuarenta millas al oeste de Columbia, Carolina del Sur, en el pueblo de Newberry, al lado de la interestatal, un simple edificio de ladrillos es la sede de Emmanuel Family Clinic, donde una señal encima de la recepción dice: “¡Dios le Ama!”.
En el interior, dos médicos son interrogados acerca de cuántos trabajadores avícolas han visto.
Cerca de 1,000 en los últimos siete años, dice el doctor Jorge García. Cerca de 100 en los últimos 18 meses, dice el doctor Franco Godoy. Esto significa más de una docena al mes que llegan a la clínica con lesiones en el hombro, quemaduras y fracturas, todos ellos con una dolencia en común.
“No conozco a un solo trabajador que no tenga algún tipo de dolor en sus manos”, dice García.
Los pacientes, quienes en su mayoría son de México y Guatemala, llegan a la clínica Emmanuel de las cercanas plantas de Louis Rich y Amick Farms y también de House of Raeford, en West Columbia. ¿Por qué viajar 40 millas para ver al doctor? “Porque hablamos español”, dice Godoy.
Oficiales de House of Raeford y Kraft Foods, empresa matriz de Louis Rich, dijeron que los índices de lesiones en sus plantas avícolas están entre las más bajas de la industria. Los oficiales de Amick Farm no respondieron a las preguntas hechas por el Observer.
García dice de sus pacientes: “Tengo personas que me dicen: ‘Por favor no les diga que vine a mi doctor particular. Si ellos se enteran, me despedirán’ ”.
Esta es la contradicción – los trabajadores que se preocupan por perder un trabajo perjudicial – que ponen a los médicos al límite del problema del negocio de las avícolas. Para los trabajadores, el problema es frecuentemente una simple ecuación: cuánto dinero pueden ganar versus cuánto pueden aguantar.
Esa decisión, dicen los médicos, es hecha generalmente, sin conocimiento importante sobre una básica pieza del equipo – la mano.
Resistente y delicado
Dada la carga de trabajo que aguanta cada día, la mano es una de las más resistentes partes del cuerpo. Es también una de las más complejas.
“Es como un pequeño reloj suizo”, dice el doctor James Boatright, un especialista ortopédico y cirujano en Charlotte. “No necesita mucho para que colapse”.
Ese reloj es accionado sobretodo por nueve músculos – los extrínsecos – que en la muñeca se vuelven nueve cuerdas delgadas pero fuertes, llamadas tendones. Estas cuerdas se extienden a lo largo del área de la palma y a través de la envoltura del tejido fino a lo largo de los dedos, creando un sistema de polea que permite que los dedos se curven y estiren suavemente.
La más grande de las envolturas está en la muñeca, donde los nueve tendones se reúnen alrededor de un nervio del tamaño de un lápiz número 2. El paquete completo, acomodado dentro de una envoltura, es el túnel carpiano.
“El túnel carpiano es como una lata de galleta”, dice Boatright. “Si alguna cosa lo aprieta o cualquier cosa aumenta su volumen, pone presión en el nervio. Es de donde viene el dolor”.
Ese dolor puede venir por diferentes causas, dice el doctor.
Artritis. Historia familiar. Mala postura al trabajar.
También puede venir, dicen ellos, de movimientos frecuentes y repetitivos, al presionar las tijeras o hacer múltiples pedazos, de cada una de las cientos de aves que se mueven en la línea de corte cada hora.
Puede venir, de arrancar los huesos de las piernas y pechugas de los pollos calientes, en una habitación fría. Ese era el trabajo que Karina Zorita dice que fue asignada a mediados de 2006 en House of Raeford. Ella dice que rápidamente sus manos empezaron a dolerle, así que fue a ver a la enfermera, quien la envió de vuelta a la línea. Luego, dice ella, su supervisor le dijo que las puertas estaban abiertas si es que quería irse.
Representantes de House of Raeford dijeron que el relato de los eventos es “incorrecto” pero se negaron a comentar acerca de alegaciones específicas de Zorita y otros trabajadores, dijeron que sin autorización firmada, es imposible discutir acerca de los detalles de su salud e historias de empleo.
A fines de 2006, Zorita dijo que ya estaba harta. “Hubo veces que lloraba en la línea porque mis dedos se estaban quemando”, dijo ella. Acudió a una clínica cercana, donde un médico le recomendó descanso y labores ligeras. Ella recuerda a su supervisor diciendole “no” a su pedido de labores ligeras.
Zorita tomó cerca de tres semanas libres, dos de ellas pagadas, dice ella.
Estaba ganando alrededor de $9 la hora.
Estaba enviando $150 semanales a su madre para sustentar a sus hijos.
“Estaba preocupada de que me corrieran”, dice ella.
A principios de 2007, después de regresar al trabajo, el dolor hizo que Zorita volviera a la clínica, ella dice. Allí, un médico le recomendó que viera a un especialista. Cuando llamó al trabajo, dice ella, fue despedida por perder mucho tiempo.
Tenía 31 años. No tenía dinero y se vio forzada a vivir con unos amigos, quienes vieron sus manos temblorosas y dijeron: “Necesita mejor ayuda”.
En marzo, el dolor todavía era muy intenso, fue a otra clínica en Maxton, cerca de la casa móvil de sus amigos. Fue diagnosticada con “dolor bilateral de las manos”, las hojas de remisión del médico, demuestran que le dijo que debía ver a un especialista.
Sin seguro de salud, dice ella, no podía pagar la visita a un especialista.
¿Tiene síndrome de tunel carpal? Ella no sabe y Boatright se niega a especular sin examinarla. Pero esos síntomas pueden ser fácilmente explicables, dice el doctor.
¿El nudo grande al fondo de su palma? Consecuencia de tendinitis, en el cual, los tendones se irritan, frecuentemente con una nueva y repetitiva actividad.
¿La incapacidad de estirar sus nudosos dedos? Síntoma del mal llamado en inglés “trigger finger”, una condición en la cual la envoltura en la base del dedo se vuelve demasiado gruesa y se contrae, incapacitando al tendón de resbalar, incitando un ciclo de inflamación hasta que los dedos se bloquean.
¿La incapacidad de agarrar una cuchara, una escoba, un vaso de agua? Consecuencia del estado avanzado del síndrome de túnel carpiano, en el cual el nervio se alivia con la pérdida de flujo sanguíneo.
Los médicos dicen que la clave del tratamiento de este problema, es detectarlo antes que el daño esté hecho. “Usted quisiera tratar a la gente que necesita cuidado, urgente, lo más pronto posible”, dice García.
Boatright dice acerca del síndrome de túnel carpiano: “Si se detecta al principio, permite a la sangre fluir de vuelta al nervio para recuperarse. Pero la continua presión deteriora el nervio a un estado que no funciona”.
Zorita dice: “Nada me dolía cuando empecé a trabajar allí”.
Y: “Mis hijos están todavía pequeños. Ellos todavía me necesitan”.
Y: “Mis manos ya no pueden trabajar”.
“Yo no puedo hacer nada”.
En la primavera del 2007, sin trabajo y sin seguro de salud, Karina Zorita tomó un autobús de Carolina del Norte hacia la frontera con México. En tres días estaba en su casa de Chilpancingo, con sus pequeñas casas y calles sucias.
Ella vive con su madre e hijos de ahora 8 y 9 años. Las gallinas en el patio proveen huevos y carne. Ella depende de su madre para matar las aves.
Sus manos, dice ella, siguen igual – siempre temblando, siempre doliendo. Tiene problemas para levantarse de la cama y asearse.
“No puedo hacer nada”, dice ella por teléfono.
Está infeliz de estar en casa, donde no puede trabajar ni mantener a su familia. Le gustaría regresar a Estados Unidos, pero sabe que tampoco podría trabajar aquí.
Dice que desea no haber trabajado nunca en la planta avícola.
Dice que sus amigos le advirtieron.
¿Qué le diría si una amiga fuera a verla? ¿Le recomendaría ese trabajo?
Una pausa.
Sí, dice ella.
“Las personas necesitan trabajar”, dice ella. “Es el único trabajo que hay”.